Correspondencia no entregada...

Escrito por ayarysanqui 17-04-2018 en 1968. Comentarios (0)

México, Distrito Federal. Miércoles, 2 de octubre de 1968.

A la memoria:

  Me presento, mi nombre es Gonzalo Sánchez Jiménez, tengo 32 años, soy casado y con un hijo de apenas cuatro años de edad. Trabajo para el Ejército Mexicano desde ya hace unos años por necesidad, no por ‘orgullo’ ni mucho menos, actualmente funjo el puesto de “Cabo” en el cuerpo de artilleros, aspirando a ser “Sargento segundo”.

Hoy por la mañana, nuestros Generales nos avisaron sobre el ‘mitin’ que están organizando los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, Tlatelolco, el día de hoy; nos dijeron que aquellos estudiantes lo único que querían era alterar el orden social y que había órdenes de que no debíamos permitirlo, pues ellos estaban armados (o eso pensaban). Dijeron que la asamblea se iba a convertir en una ‘terrible y desastrosa’ revuelta más de “estos muchachos”.

Tuvimos que prepararnos desde temprano, más o menos a las dos de la tarde ya estábamos listos y sólo esperábamos las indicaciones del Comandante. Una hora después, nos ordenaron en filas para marchar, tomamos la lista y escuchamos qué es lo que debíamos hacer y en qué momento comenzar a actuar. Sinceramente, muchos de mis compañeros y yo, no sabíamos en realidad qué era lo que estaba sucediendo, ni porqué iríamos a destrozar la lucha de estos jóvenes, que desde ya hace unos meses han estado haciendo, tal vez, el más grande de sus esfuerzos para derrocar al sistema tan ‘déspota’ en el que vivimos.

Los Generales nos dieron dos armas a cada quién y me encargaron personalmente conducir uno de los tanques, para que, al momento de llegar, descendiera de él y “esperara las luces”; tenía miedo e incertidumbre, me atreví a preguntar “¿Por qué?”, y sólo recibí un grito: “¡Porque son las malditas órdenes, Cabo!”. Nos habían ordenado una de las peores cosas que puedo escuchar, tirar a matar a cualquier ser que respirara aire.

Emprendimos el viaje hacia la Plaza de las Tres Culturas, yo entré con cuatro “soldados rasos” por el Eje Central, dirigiendo el tanque hacia la parte de atrás el edificio ‘Chihuahua’, lo estacioné y caminé hacia dentro del ‘Chihuahua’ y me instalé esperando lo que el General había mandado, ‘por ahí’ de las 5 de la tarde, o minutos antes, fue cuando asomé la cabeza y obviamente (desde antes) me percaté que había miles de estudiantes reunidos. Fue sorprendente verlos.

Su ‘mitin’ comenzó pasadas las 5 de la tarde, donde, escuché, habían acordado suspender la próxima ‘manifestación’. El ambiente se hallaba tenso, había mucho ruido y al punto de las 6 de la tarde con cinco o diez minutos, cayeron del helicóptero “aquellas luces” que los Generales nos habían advertido, una roja y dos verdes. Dudé en obedecer. Escuché el primer disparo y todos comenzaban a correr intentando salvar su vida. Se escucharon otros ocho más. Yo lo único que deseaba es no haber estado ahí nunca.

Compañeros militares y agentes de la policía federal se veían mezclados en la plaza correteando a todos; desde donde estaba, logré reconocer a dos amigos en el edificio del ISSSTE y a uno por donde está la Iglesia. Disparé al aire tres veces, rogaba a Dios que no cayeran en nadie esas balas. Bajé corriendo a la plaza desde donde me hallaba, vi a dos niños pequeños llorando y lo primero que se me vino a la mente fue mi hijo, corrí hacia ellos, ambos tenían entre 5 o 6 años, mi instinto paternal fue protegerlos como pude, les dije que todo estaría bien y que por nada del mundo hicieran ruido mientras los metía debajo de uno de los tanques estacionados cerca de la plaza, les sugerí hacerse los muertos, aunque creo que no me entendieron.

Corrí, al igual que todos, entre los cuerpos ensangrentados, entre las mochilas, bolsas, panfletos, pancartas y zapatos, vi a muchos jóvenes morir y a unos cuantos fingir que morían, los dejé ahí y me “hice de la vista gorda”. Algo dentro de mí me obligaba a desertar de esta masacre, pero sabía que era mi labor como militar, era mi función dentro del ejército. Disparé unas veces más a puntos ciegos, o a cuerpos ya sin vida.

No pude más y corrí al tanque, las lágrimas me corrían por el rostro, recordaba y revivía todas esas crudas imágenes al cerrar los ojos, no podía evitar escuchar en mi mente los gritos de horror de la gente y algunas frases que decían los muchachos: “¡Es el p*** ejército!”, “¡Corran, corran!”, “¡Resistan compañeros!”.

Me quedé dentro del tanque unos momentos, perdí la noción del tiempo, todo pasó muy rápido, hasta que recibí órdenes nuevas, disparar directamente hacia el edificio ‘Chihuahua’, ya que ahí estaban refugiándose los ‘chavos’. Me resistí, pero al mismo tiempo tenía la terrible presión de mi General. Terminé haciéndolo. No sé si maté a uno o a muchos, y no quiero saberlo nunca.

Un rato después, estaba lloviendo, llegaron camiones de la Policía Federal, y nos mandaron a todos a ayudar a levantar los cuerpos y aventarlos a los camiones hasta que se llenaran, vi lleno al menos uno. Regresamos al cuartel. Acabo de llamar a mi esposa para avisarle que estoy bien y que hablábamos después, le deseé buenas noches y me vine a descansar. No estoy nada tranquilo, los nervios me estremecen y la sangre me hierve, estoy escribiendo esto para no ser olvidado. ¡Ya no quiero estar aquí!



México, Distrito Federal. Jueves, 3 de octubre de 1968.

Hoy nos han levantado muy temprano, casi a las seis de la madrugada. No me dio tiempo de ver el periódico esta mañana, y ver con qué ‘jalada’ nos iba a salir la prensa hoy. Debemos volver a la Plaza de las Tres Culturas. Al llegar, todo estaba hecho un completo desastre y en silencio totalmente estremecedor. Charcos de sangre mezclada con agua de lluvia, sangre aún fresca, hoyos de balas por todos lados, ropa, zapatos, mochilas, llaves y papeles tirados, aún había más cuerpos.

A otros Cabos y a mí, nos han ordenado ir a tirar esos cuerpos muertos a las tuberías, a los desagües, ¡a las alcantarillas!, simplemente desaparecerlos. Fue como si limpiáramos la escena del crimen, para no dejar ningún rastro de él. Sentí miedo, odio y dolor. Mis otros compañeros de la milicia, limpiaban los escombros de la noche anterior con tanta calma, que llegué a pensar que no eran humanos.

Ésta es la única y principal razón por la cual dejaré el cargo, me mueve el hecho de ser un hombre con valores. Aunque sé que es mi trabajo, mi labor, pero ya no puedo… ¡YA NO!

La noche de ayer me ha dejado marcado de por vida, y sé que no sólo a mí, ni a la juventud, sino a las próximas generaciones que se vendrán, es por ello que dedico esta carta a la memoria.

Jóvenes, si me leen, recuerden que tengo un hijo y quiero que él crezca en un país mejor, en un país que no se ‘infle el pecho’ por cuestiones de represión. Sé, que él será valiente y fuerte, y que en algunos años me dará nietos a los cuales contaré esta historia con lágrimas en los ojos, para inculcarles el espíritu revolucionario que por décadas se ha ido desatando y estoy seguro, así seguirá.

¡No se dejen muchachos!, hubiera dado todo por haber sido parte del otro lado de la “guerra”. Recuerden esto como parte de su vida, no olviden que muchos de los que estamos dentro del sistema militar y/o político, no somos como nos pintan, algunos tenemos corazón, consciencia, ganas de luchar con ustedes; pero, por la maldita necesidad no podemos. Mi consejo es: si se sienten reprimidos por el sistema, ¡luchen!; si buscan el bienestar común, ¡luchen!; si los señalan, ¡señalen!; si los callan, ¡GRITEN! Háganlo, sean libres. Tómense de las manos y caminen juntos hacia la eterna lucha.

                                                                                                                                                                         ¡Hasta la victoria siempre!

                                                                                                                                                                      ¡El 2 de octubre no se olvidará!